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Escribe: VICTOR TAPIA

La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ese lugar que aún desea ser nombrado como Capital Federal, sabe guardar en sus calles muchísimas opciones gastronómicas que remiten a cocinas de países con culturas muy distintas a las nuestras. La persistente vocación cosmopolita de muchos  porteños, que suele tener como efecto negativo el desprecio a las costumbres nacionales, nos trae una muy positiva particularidad  no presente en otras urbes: la posibilidad de probar comidas de casi cualquier parte del mundo.

En Buenos Aires hay restaurantes con cocina de todo tipo: francesa, china, armenia, judía e incluso polaca y rusa. Pero los críticos especializados suelen olvidar a  la comida nórdica, la cual es servida desde hace años en muchísimos lugares que sólo hay que buscar con paciencia. Quizás esto se deba a la baja inmigración que llegó desde dicha región a nuestro país.  Suecia, por ejemplo, solo trajo 1839 inmigrantes al país entre 1891 y 1900 , el período en que se desarrolló la primer oleada inmigratoria.  Por supuesto que esta presencia limitada ha dejado huellas importantes: las podemos ver en Misiones, donde se encuentra la mayor comunidad sueca de Argentina, o en los profesionales provenientes de la Escuela Técnica de Estocolmo que ayudaron a la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento. Pero no hace falta ir a Oberá o a viejos libros de historia para toparse con la influencia de la cultura sueca en el país del asado y la yerba mate. Basta con tomarse el subte, bajarse en Avenida de Mayo y caminar unos metros hacia San Telmo.

Entre oficinas y dependencias públicas, el histórico  barrio de Montserrat esconde un lugar en que se puede degustar lo mejor de la comida sueca. El secreto puede ser visitado en Tacuarí 147, dirección en la que se ubica la Casa Sueca. Un centro dependiente de la Embajada del país de Abba y Roxette,  cuyo quinto piso cobija a un excelente restaurante  llamado Club Sueco. En él un cuadro gigantesco de un puerto nórdico oficia de telón de la inmensa mesa principal del Smörgåsbord.   Esta palabra difícil de pronunciar es uno de los trabalenguas más deliciosos que se puedan probar. Sus orígenes se remontan al siglo XVI, cuando era sólo una mesa accesoria en las cenas de las clases dominantes de Suecia y Finlandia. En el siglo XIX pasó a ocupar el lugar principal de las comidas y se extendió a otras partes del mundo en 1912, gracias a los Juegos Olímpicos de Estocolmo.

Universo Epígrafe conoció el Smörgåsbord mientras finalizaban otros Juegos Olímpicos. Y se topó con una opción totalmente recomendable para cualquiera que quiera realizar una salida distinta en Buenos Aires. En la larga mesa cada comensal se puede servir salmón (curado y ahumado), lacha, camarones, panes y unas exquisitas galletas suecas saladas. . Hay que prestar atención a  unas recomendables papas hervidas con cáscara y una crema de rábanos bastante picante.
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La cantidad de platos ofrecidos es exorbitante. Se destacan los tres platos calientes, de los cuales hay que servirse sí o sí las albóndigas Köttbullar.   Tienen gusto picante y se comen con una riquísima salsa de arándanos llamada lingonsylt , para formar  una genial comida agridulce.

La mesa de postres también es grandísima y podemos encontrar muy buenas tortas, de canela y nueces y de chocolate amargo. Infaltable el arroz con leche preparado a la manera tradicional sueca, con mucha crema.

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No hay que olvidar de pedir el salmón a la plancha, que se entrega a punto y  a una temperatura óptima. Tampoco hay que pasarse por alto el glögg, un vino caliente muy aromático que se suele tomar durante la época de Adviento. Contiene distintas especias, como canela, jengibre y cardamomo.

Para tomar,  lo mejor es el vino rosado Malbec Alta Vista, recomendado por los mismos mozos como la mejor combinación de la comida. La cerveza artesanal es otra opción interesante.

El Club Sueco abre los días de semana al mediodía, horario en el que hay disponible un menú ejecutivo que incluye entrada, plato principal, postre o café y bebida a 300 pesos. Los viernes a la noche es el día elegido para el dionisíaco Smörgåsbord, el cual cuesta 500 pesos por persona (sin incluir bebida). El precio no es alto si se tiene en cuenta la gran cantidad y  variedad de los platos. Cualquier opción finoli de Puerto Madero palidece al lado de lo que se puede consumir en Tacuarí.

Universo Epígrafe se fue con la panza llena y contenta de viajar al otro extremo del mundo con tan sólo tener que tomarse el colectivo 24 para volver a casa. Invitamos a los lectores a realizar el mismo viaje, que les permitirá conocer una cultura distinta de la manera más placentera que hay: mediante el estómago y el paladar.

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