ESCRIBE: Laila Pecheny
FOTOGRAFÍA: Marco Petrosini
Hoy presentamos “Pisando las Sombras”, cuento corto de Laila Pecheny, redactora y editora de Universo Epigrafe (www.facebook.com/universoepigrafe), ilustrado por las excelentes fotografías de Marco Patrosini (www.facebook.com/polisemiastudio). que forma parte de nuestra sección de todos los viernes Epígrafes Literarios . Acomódese en sus butacas con alguna infusión de su preferencia y tómense un break de lectura antes del fin de semana.
Les recordamos que aquellos que aquellos lectores que quieran participar de la sección literaria, pueden enviarnos sus escritos a nuestra página y con gusto los subiremos. Sin más nos despedimos, y los dejamos que disfruten de la lectura. Hasta pronto.


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Ni bien me gradué, fui contratado como practicante en el único hospital de un pueblo rural bastante alejado de mi ciudad. Los pueblerinos me aceptaron casi inmediatamente trayéndome obsequios o invitándome a sus reuniones. Lo cierto es que todo parecía marchar a la perfección y que no me imaginaba los terribles hechos que tendría que presenciar.

Con el invierno comenzó el declive. Las estufas nunca funcionaban y mis turnos de guardia aumentaban progresivamente, así como también la cantidad de enfermos en la sala de espera. La primera en caer fue una paciente de no más de quince años, que viviría a unas dos cuadras de mi casa. Pude ver como sus ojos se envidriaban de golpe y su mueca de dolor permanecía intacta en un grito ahogado. Dicen que uno de los momentos claves de nuestra profesión es el choque que nos produce el primer muerto. No es correcto involucrarnos, tenemos que tomarlos únicamente como organismos, como puro-cuerpo, en caso contrario no podríamos cumplir de forma correcta con nuestra labor. Al caer la vida nuestro trabajo termina, no queda nada por hacer, ya otras fuerzas superiores se encargaran de ello. Lamentablemente, a mi me ocurrió sin estar preparado.

Luego de este hecho, todo se torno más siniestro y turbulento, comencé a entender que hay casos en los que el destino ya está escrito, y lo único que podemos hacer es prolongar el sufrimiento, pero que es imposible burlarse de la parca. Días más tarde murieron sus padres y sus dos hermanos, los hallaron sin vida en su casa, sentados en el sillón y con la televisión aún encendida. Al tiempo no tardaron en infectarse también algunos niños de las casas vecinas, todos ellos presentaban los mismos síntomas que la primera chica: Marcas y moretones en la zona de los muslos que luego se extendían por todo el cuerpo en forma de ronchas abismales que no tardaban en reventar algunas venas produciendo el desangramiento del individuo.

El doctor Baltasar estaba cada vez más tenso cuando se le preguntaba sobre el tema y siempre lo esquivaba audazmente con alguno de esos chistes sádicos que tan bien se le daban. Sabía que se había desatado una epidemia, pero quizás le avergonzaba el hecho de no poder identificar el fenómeno y por lo tanto tampoco la cura.  Después de todo, era el médico ejemplar, algo rígido y arisco, pero siempre dispuesto a hacer lo que fuera necesario. Por lo menos, estas fueron mis primeras impresiones.

Una de mis tantas noche de vigilia mientras me dirigía a una de las salas para cambiarle el suero a una paciente, descubrí que la puerta ya se encontraba entreabierta, lo único que iluminaba el cuarto era la luna llena que filtraba su brillo a través del ventanal. Alguien se me había adelantado, apoyé la mejilla contra la ranura para poder espiar y conseguí distinguir entre las sombras la silueta fornida de Baltasar con sus pantalones bajos frente a la camilla. Un calor me subió por el pecho y unas nauseas terribles que me hicieron vomitar. El médico se dio vuelta al escuchar mis arcadas y salió de la habitación resbalándose con mi vomito, lo que por suerte me fue de gran ayuda para huir sin que me viese.   16237330_450120272008623_2078167119_n

Los días siguientes me volví frío y distante, intentando hacer las cosas sin pensar, solamente ejecutando. Mi tarea se limitó al traslado de los cuerpos a la morgue y a asistir a las diferentes autopsias que no parecían resolver nada. Estaba claro que nos encontrábamos ante una emergencia sanitaria y las autoridades se negaban a declarar públicamente el hecho antes de que nosotros les diéramos una explicación racional y científica. Los medios se encargaban de encubrirlos perfectamente promocionando distintas actividades locales para atraer el turismo cosa que propiciaba el cúmulo de personas. Tampoco ayudaba el hecho de que el pueblo solía organizar festivales y juntadas. Si tan solo hubieran declarado la cuarentena obligatoria quizás podríamos haber prevenido algunos contagios, pero la muerte con su hedor nauseabundo se había vuelto algo natural en las paredes pegajosas del hospital.

Hacía ya varios días que no había vuelto a cruzarme al doctor Baltasar, quizás había huido luego de haberse visto descubierto. La situación se nos estaba desbordando y no tener a un experto al que recurrir complicaba bastante las cosas. La mayoría de las secretarias y del personal de limpieza (incluida Jennifer, una de las chicas con las que más de una vez, ya pasados de copas, terminamos en mi habitación) ya se habían contagiado por lo que solían ausentarse.  El caos había embadurnado el hospital, ya no eran los médicos los únicos que atendíamos sino que más de una vez me encontré pidiéndole algún tipo de colaboración a los pacientes que estaban en mejores condiciones o a algún que otro acompañante.

Ese día nevó. Me recuerdo saliendo de la pensión con las lanas envolviendo todo mi cuerpo y el frió carcomiendo mis costillas que se quejaban intensamente. El ardor no cesó en todo el trayecto por lo que ni bien llegué al trabajo me saqué la remera para examinarme. Pude notar las ronchas expandiéndose retorcidas por todo mi torso, reproduciéndose en miles de pequeños moretones que no tardaron en profundizarse y desgarrarme la piel. Un escalofrió me recorrió la espalda. Tomé un puñado de medicamentos de farmacia y corrí hacia la  única de las salas que se encontraba vacía . Me preparé una inyección e intenté desinfectar mis heridas. Luego me acosté en una de las camillas para tomarme la temperatura. Al girar hacia un costado para acomodarme mejor, me sorprendí al ver doctor Baltasar en la camilla de al lado. Sus ojos fijos en mí me lo explicaron todo. Habíamos descubierto la cura pero ya era demasiado tarde

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