Escribe: Andres Iancilevich

  • Estructura

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Como de dominio público es, vamos a hablar de un musical. Y como tal exhibe todo su potencial ya en la fase de presentación del film. Una autopista saturada de embotellamiento en Los Ángeles es el escenario para que se despliegue una escena magistral donde cientos de personas descienden de sus vehículos para bailar sobre el asfalto o sobre los rodados. Ya de por sí que la figura de un auto sea usufructuada para danzar y no para ponerlo a 200 km/h y hacerlo colisionar o para que alguien dispare metralletas desde su interior, bueno, digamos que es un comienzo prometedor. Y si sumamos a eso la vestimenta de la muchedumbre bailarina, que derrocha una infinidad de gamas de colores, donde la pupila del espectador se ve dilatada y el ojo en su conjunto enaltecido; entonces diremos: acá a priori podría haber sustancia. El cuerpo agobiado en la butaca del cine –inclinado ya en 60º grados con principio de pinzamiento lumbar- tras la espera matizada por publicidades y próximos estrenos, vuelve a enderezarse y retoma la postura perpendicular. La la land se lee en la pantalla. Empieza. Y hay esperanza.

Pero como todo en la vida se refleja sobre un fondo de realidad angustiante y una película no puede escapar a estos penares, lo que al principio era un haber en presente no pudo sostenerse en el tiempo y a no más de 15 minutos discurridos el verbo ya podía conjugarse en un derrotista pretérito perfecto simple: hubo esperanza. ¿Qué pasó? ¿Por qué lo edificado en aquella lejana presentación de la película implosionó? ¿Qué vino luego tan trastabillante? Bueno. La presentación fue sobresaliente pero lo que vino después no hizo más que resaltar el carácter autárquico de aquella. Vale decir, el preámbulo es autosuficiente, se gobierna a sí mismo, y si todo lo grandioso que esta parte musical inaugural nos muestra queda impoluto a la crítica es porque no necesita engranarse dentro del esqueleto global del film. Esto es, no se adosa a un segmento conversado. Porque cuando la película debe alternar entre los diálogos y los cantos, falla. <No hay fluidez>. La polea fílmica no gira aceitada, se traba, se atora cada vez que debe abandonar un registro para tener que pasar al otro. Y no se trata de cicatrices puntuales sino que las transiciones son cacofónicas durante todo el largometraje.

En suma, estructura formal quebrada, bi-partición y mónada que sabe a utopía.

 

  • Contenido

 

  • inicio

Sebastian (Ryan Gosling) es un joven, talentoso y no reconocido músico de jazz, apesadumbrado porque el lugar donde solía ir a por una copa y en busca de esa música que llenaba su alma se había transformado en un chabacano reducto llamado “Samba y tapas”, dos palabras que el director explota con notable comicidad. Está atravesado por una profunda melancolía por los tiempos que no volverán (ni atinan a recrearse) y como ya casi nadie puede disfrutar de esa música que él vive como un sentimiento oceánico a la hora de escucharla o de interpretarla. Su anhelo es tener un local jazzero propio. Pero no en cualquier lugar, allí donde él solía disfrutar antaño, donde “Samba y tapas”. Vive solo y su relación con las mujeres es nula, el cuerpo como materia gozante está obturado, cercado por la jaula de la represión. Una muy simpática escena costumbrista donde la hermana lo incita a hacer algo para terminar con la soltería pone en evidencia lo anterior.

A Mía (Emma Stone) se la ve rebotando en una importante cantidad de experiencias maltrechas de audiciones para películas. Está escribiendo una obra teatral donde también actúa y sueña con conquistar Hollywood y transformarse en una actriz prestigiosa. Mientras tanto trabaja en una tienda de café y se aburre con un novio adinerado que organiza salidas de a cuatro para terminar hablando de plata, como todo manual del status quo más puro indica. Finalmente se escapa corriendo de este marco.

En este contexto, Sebastian y Mía comienzan una historia de amor romántico.
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  • teoría

A riesgo de cometer una lateralidad conceptual pero en aras de ser lo más ilustrativo, lo más icónico posible, imaginemos que el psiquismo está compuesto por dos grandes bolsas de palabras. Una bolsa ubicada tópicamente delante, plagada de oraciones interminables y precisamente formuladas, correspondiente al Yo metapsicológico, construido por identificaciones y amo y señor de la –supuesta- razón y voluntad. Atrás la bolsa donde las letras están sumergidas en una lógica distinta, desperdigadas pujando por hacerse presentes; es el lenguaje inconsciente, lo singular de cada uno: la Verdad. A esto agregaremos un axioma energético que es fundamental para la comprensión del circuito, y es que el aparato psíquico no deja energía sin ligar (constancia). Aquí el deseo, en tanto inconsciente, en tanto indomesticable, es quien al aflorar genera una hiancia, una cisura en este aparato. Lo desbalancea. La –supuesta- síntesis yoica se ve amenazada y la egosintonía del Yo destituida. El sujeto queda desnudo y a los gritos teniendo que dar una respuesta. O bien captura esta llamada no cediendo ante la inconmensurabilidad del deseo, o bien decide aplastar este agujero expandiendo de forma sideral su Yo y aplacando aquello que es lo más propio de él. Esto significaría un retorno a la miseria subjetiva.

 

  • fin

Sebastian logra tener éxito con una banda que matiza un incipiente sonido jazzero con el pop, gana dinero y abre su propio y tan mentado bar de jazz. Mía es escogida para el protagónico de una película en París y se transforma en estrella.

Separados, claro. Sebastian vive solo en una casa bastante más pintoresca y aún más ordenada para su beneplácito, y ya llegará el turno para que su hermana vaya a insistirle para que salga con alguna mujer que lo saque del encierro. Mía, por su parte, está casada con un señor adinerado y sigue yéndose corriendo de las salidas. Porque esto es lo que sucede cuando no se captura el reflejo del deseo y se tapona su fuerza, lo que no se tramita se remite en acto –sintomático-, una y otra vez.

Así, La la land impone en su contenido una clara muestra epocal en donde el sistema ofrece todas sus tentaciones para arrimar cada vez más a las personas a una ortopedia psíquica, imponiendo por distintas vías una saturación del sentido. Los personajes sucumbieron ante un ideal atado al discurso común y no fueron responsables ante su deseo, mostrando una falta ética allí. Claudicaron ante la presencia letal del romance.

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