En nuestra clásica sección  Epígrafes Literarios tenemos el gusto de traerles este relato de Andrés Masotto, cargado de porteñidad y de pesimismo realista. 

De a tragos cortos se terminó tres cervezas mientras escuchaba a los demás hablar de viajes, de vacaciones, de guita. Cuánto hacía que no viajaba, que no se tomaba vacaciones, que no veía un billete. Qué bien le vendrían las tres cosas juntas: viajar por vacaciones con guita en la billetera. Pero nada de eso estaba a mano. Ni vacaciones ni plata. Viajar sí: en bondi, en subte y en tren. Cagarse de calor, respirar la transpiración de otros, sentir el aliento caliente de alguien. Los subtes que se tomaba iban a terminar a la boca del infierno; los trenes viajaban al ritmo de un reloj que se está quedando sin pilas; los colectivos eran grotescos: cajas de chapa incandescente empujadas por un motor que fuma Particulares 30. El último gusto que se había dado había sido caminar un par de cuadras, un día que la temperatura había bajado y el viento arremetía con ganas. Era un viernes estirado, tan estirado que podía llegar a romperse; pero algo, tal vez saber que se había soltado el grillete de la semana, lo impulsaba a caminar. Sentía el fresco sobre los hombros y la espalda, y el viento le revolvía el pelo y lo obligaba a entornar los ojos. Cada tanto una ráfaga violenta le alzaba la parte inferior de la camisa y él la volvía a su lugar con un brazo: una especie de Marilyn Monroe sin el glamour neoyorquino bajo sus pies. Las gotas de sudor comenzaron a brotar, sobre todo desde la parte baja de la espalda. Eran un recordatorio de la obstinación del verano; no se iba a despedir tan fácil. Apenas pisaba sobre las baldosas, más de uno podría jurar que se deslizaba. Su andar era liviano, casi fundido con el ventarrón que había sobrevivido de la tormenta matutina. Una perfecta metáfora de la inercia, de que algo lo seguía manteniendo en marcha por algún motivo, aunque no sabía qué ni por qué. Varias veces pasó frente a luces con sensor de movimiento y no se encendieron. No es que le importara ni le generara un malestar, incluso era divertido. Pero también era extraño. Al resto la luz les hacía un guiño, un saludo. En cambio permanecía indiferente hacia él. Los sonidos de la calle le llegaban como ruido blanco, no podía terminar de separarlos y comprenderlos. Todo era un revoltijo de voces, motores y alarmas. Estaba aislado. Eran él y el viento. No estaba en el mundo pero el mundo seguía girando normalmente. Los teléfonos sonaban, los e-mails se enviaban correctamente, los gobiernos eran puestos de rodillas y se levantaban. La policía seguía con su violencia, la muerte seguía reclamando lo suyo, las balas seguían robándose vidas. Las hojas se caían de los árboles y después volvían a crecer, las tormentas se sucedían y entre medio salía el sol. Una partícula de arena era empujada por el viento y el mundo giraba. Giraba perfectamente y seguiría girando todo el tiempo que el tiempo le dé.

Fuente de la imagen: Grupo de Facebook Fotos Antiguas Ciudad de Buenos Aires

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