En nuestra sección Epígrafes Literarios volvemos a compartir un excelente relato de Andrés Masotto, que continúa en la vena de un realismo trabajador y descarnado. 

Bárbara está muerta, pero todavía no lo sabe. Y yo tampoco lo sabía. Bárbara empezó el día como cualquier otro insoportable lunes de su interminable semana de su interminable año de su interminable vida. Sonó el despertador, se despertó y creyó estar en una playa o en la montaña o en cualquier lado pero sola y sin despertadores. Pero no, estaba en su departamento, que queda al lado de otro edificio de departamentos y ese queda al lado de otro y así forman un dominó de departamentos. Saltó de la cama con la resignación de los que saltan al vacío desde un piso 18 y fue al baño. Se duchó con la intención de lavarse la frustración que carga de lunes a viernes de 7 a 19 (los fines de semana son un poquito mejores), pero cuando tu vida se volvió tan gris la desgracia no sale con agua. Bárbara fue a la cocina a desayunar: preparó café bien fuerte e hizo tostadas, que se le quemaron, otra vez. Que boluda, pensó, siempre me pasa lo mismo. Bárbara durmió poco porque ayer salió con un pelotudo. Casi siempre sale con pelotudos que la aburren, pero sale igual y termina en su departamento que también está al lado de otro edificio de departamentos y ni siquiera sabe por qué lo hace. El día de Bárbara acaba de empezar pero ella ya quiere que termine. Igual, piensa, mañana es martes y pasado miércoles y para el finde falta un montón. Bárbara terminó de no desayunar, agarró su bolso, sus libros y su sombra que cada vez le pesa más y salió a la calle. Qué quilombo, pensó mientras compraba un alfajor en el quiosco: cuantas bocinas, gritos, ruidos. Bárbara no tenía un billete más chico, el kiosquero no tenía cambio y entonces tuvo que dejar el alfajor. Metetelo en el orto, dijo en voz baja. Mientras bajaba las escaleras del subte se acordó que no había cargado la sube y la boletería, como siempre, tenía el sistema caído. Bueno, se dijo a sí misma, vamos a jugar a un juego: una especie de ruleta rusa pero con el saldo para viajar. Bárbara apoyó su tarjeta en el molinete y pasó. No miró cuánta plata le quedaba así el juego tenía más suspenso. La vida de Bárbara era eso: tan emocionante como jugar a no quedarse sin crédito en la sube. Mientras estaba en el andén y decidía si esperar el subte parada en las vías o quedarse ahí, se puso lo auriculares. Le dio play al reproductor en random esperando que sonara alguna canción que le salve la vida. “¡Hey! Creo que esta versión no es la original -empezó a susurrarle el cantante de Massacre al oído- se nota la sonrisa digital, que vuelva el niño aquel”. A Bárbara le gustó y decidió esperar el subte en donde estaba. Bárbara subió y se sentó. No había mucha gente pero había mucha tristeza. Caras caídas por todo el vagón. Bárbara decidió que le iba a dedicar a la cara de cada persona lo que dure una canción. Y así fue como vio el rostro de una mujer que sobre sus parpados cargaba un divorcio y la soledad; un hombre que sobre sus espaldas cargaba a su jefe y al jefe de su jefe; un hombre muy viejo que ya había vivido toda la vida que le había tocado, capaz más, y sin embargo era el único que sonreía. Bárbara llegó a su estación. Casi se había olvidado de bajarse por mirar a toda la gente que ocupaba el vagón. Subió las escaleras que llevan hacia la calle y sintió frío. Se había olvidado de agarrar un abrigo, qué boluda. Bárbara caminó hacia la facultad y antes de entrar activó su piloto automático para pasar toda la mañana de largo. Primera clase. Gente gritando. Segunda clase. Ruido. Más ruido. Tercera clase. Cuarta clase. Un poco más de ruido. Bárbara salió de la facultad, sola, no había hecho amigos ni quería hacerlos. Ahora tenía que ir al trabajo y entrar otra vez en automático. El jefe que le mira el culo toda la tarde. Papeles. El jefe invitándola a salir. Un e-mail atrás de otro. Suena el teléfono. El jefe de nuevo. Como le daría un bife al jefe. Bárbara pensó eso y por fin salió del trabajo. Ya era de noche y hacía más frío que a la mañana. Fue a la parada del colectivo que tardó mucho en llegar, como siempre. Bárbara viajó parada y helada. Llegó a su departamento, tiró todo en el sillón y destapó una cerveza. Destapó dos cervezas. Destapó tres cervezas. Bárbara se quedó dormida en el sillón con tres botellas vacías en el piso y un libro en la mano. Bárbara está muerta, aunque todavía no lo sabe. Yo ahora lo sé.

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