Escribe: Víctor Tapia

A fin de cuentas, un héroe es alguien que quisiera discutir con los dioses, y así debilita a los demonios para combatir su visión.  Norman Mailer

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Segurola y Camarones. Barrio porteño de Floresta. Es la tarde de un viernes en el que los primeros privilegiados que pueden volver a su trabajo comienzan a hacerlo.  Algunos que perdieron hace poco su empleo miran a los colectivos y pareciera qué no les desagradaría mucho volver a su casa más tarde que ellos. Hoy no juega All Boys, así que el único griterío es el del tránsito. La gente pasa apurada y la única tranquilidad se ve en una kiosquera que está sentada a la salida de su negocio.

Bar La Esponja. Uno de esos tantos lugares que no llegaron a ser bares históricos sólo por los caprichos de las legislaturas municipales. Viejas sillas de madera, la eterna máquina de café y los grandes ventanales intentan proteger del aburrimiento a los mozos y a los pocos clientes. Todo está casi muerto, haciéndole honor a la semana que está falleciendo  en estas vísperas del atardecer.

Y quién diría que en medio de tanta monotonía, la historia misma de nuestra cultura popular abriría las puertas para sentarse y romper 50 años de silencio. Mientras los falsificadores de la historia del rock brindan en cafés de Recoleta junto a sus músicos complices para seguir planeando sus “festejos”, José Maria Paniagua entra a La Esponja sin ningún apuro, disfrazado con un sencillo pulover azul. Nadie pareciera sospechar que ese abuelito de 78 años va a asestarle un tremendo golpe a la historia oficial del rock armado sólo con su memoria y su historia de vida. En este preciso instante, la memoria histórica se encarna en la mano de este artesano que levanta un cortado antes de contar cómo llegó a ser uno de los cinco finalistas del campeonato de rock and roll de 1957. Ya dijimos varias veces que Eddie Pequenino, el primer rockero argentino, amenizó un torneo de baile en el mismísimo Luna Park diez años antes de La Balsa. Publicamos programas, videos y recortes de diarios. Hoy tenemos a un protagonista, nunca antes entrevistado por los canallas que en este momento ni sospechan que en Floresta se cosecha su final.

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Los orígenes familiares de José no fueron los típicos de la familia modelo de los cuentos: “Yo no tengo grupo familiar como lo tiene todo el mundo . Mi vieja (una entrerriana muy particular) era mi única familia conocida y me colgó en un colegio estatal pupilo entre los 5 y los 6 años ; estuve hasta los 12 . Recuerdo las elecciones de 1946, así que debe haber sido ahí cuando me internaron. Era un interno ubicado en los alrededores de La Plata . Siempre he sido un tipo muy arriesgado, porque de chico no tuve ninguna educación que no fuera la del colegio , que tampoco era muy educativo. La pasaba mal, era duro al principio”. La madre de Paniagua vivía en Ciudadela y se desempeñaba como mucama de varias familias de clase alta, realizando tareas muy diversas entre las que se destacaba como cocinera. “ No recuerdo la tendencia política de mi vieja, pero posiblemente haya sido peronista”

La dura instrucción del pupilo obedecía a intereses económicos de sus directores, quienes no dudaban en explotar laboralmente a los niños para sacar provecho. “ Noté en esa instancia que en la primera etapa del colegio ya la pasaba mal, para el carajo. Porque el colegio en el que yo estuve se autobastecía. Tenía hasta matadero , era como una ciudad. Tenía en particular que de todo lo que tenía nosotros no veíamos un carajo, todo se vendía afuera. Había fábrica de mosaicos, zapatos, sastrería, carpintería, herrería. Pero nosotros no veíamos nada. Era un negociado para afuera, de los tipos que manejaban eso”, describe José sus duros años de trabajo infantil. “Nosotros éramos los que plantábamos las quintas. El director de la escuela andaba en caballo por el pueblo, nos arriaba. Éramos 50 pendejos que plantábamos papas, limpiábamos, cosechábamos. En un momento dado, esto cambia y voy a parar a otro instituto ubicado La Plata llamado Los Hornos, que también era un colegio de esas características. Pero era ya había cambiado de una manera la impronta institucional. Era más tranquilo y humano. Imaginate que en el otro interno siendo pendejito tuve sesiones de psicoanálisis.”

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Ciudadela, Calle General Roca. Año 1948 , cuando José tenía diez años

José había mejorado su situación, y la dura experiencia del anterior colegio le dejó al menos muchísimos conocimientos manuales y artesanales. Pero su espíritu rebelde no dudaba en imponerse frente a su época conservadora y represiva: ” En un momento dado me pudrí y me escapé. Eso lo hice en un institución que era el Mercedes, un lugar manejado por mujeres, donde también teníamos algunos sátrapas (normalmente eran los serenos). Se dividía en pabellones, ese instituto iba a ser un hospital y termino como instituto para menores. Imaginátelo como un hospital viejo con corredor al aire libre.”

Estos institutos que ni la peor imaginación de Foucault podía concebir no pudieron retener al joven Paniagua. “Yo a los 12 años me rajo. Mi vieja me volvió a entregar pero me escapé por segunda vez y le dije que si me volvía a entregar no me iba a ver nunca más ni el pelo. Se la bancó, yo ya había terminado la primaría. Pero no tenia ningún tipo de contención familiar. Mi vieja no iba a tirarme una moneda, así que empiezo a agarrar laburos sueltos. Todo lo que te puedas imaginar. A los 14 años una pendeja vino a vivir conmigo a casa. A partir de ahi vendía ajo en Liniers, la policía nos corría; donde ahora están los colectivos estaba una feria tranca. Era muy ilegal y la yuta nos corría. Comprábamos las cabezas de ajo en los depósitos de retiro.”. José siguió trabajando pero en ningún momento abandonó el colegio, en el marco de una época en que la educación pública aún podía ofrecer cierta esperanza de ascenso social. “ Terminé siendo changarin en el Mercado de Liniers, donde ahora está el Plaza Liiniers Shopping. Laburaba de las 12 de la noche hasta a las 4 o 5 de la mañana, dormia un rato ahi , despertaba agarraba el tranvia y me iba al colegio. Siempre estuve al revés del mundo gracias a Dios”

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Galpones del Antiguo Mercado de Liniers

Paniagua también recuerda la estética juvenil que desafiaba a la moda acartonada de esos años, adelantándose por décadas a la ropa que se usa hoy en día: “A partir de esa libertad que tenía, empiezo a caminar por el centro, de un lugar a otro, y me comencé a hacer mi ropa. Habia una tendencia hacia los pantalones más ajustados y en el mercado no había. Por lo menos yo no los conseguía, yo agarraba pantalones comunes. Siempre fui muy habilidoso con las manos.”

El amor le jugó una mala pasada que lo obligó a mudarse para resguardar su vida: “Esta chica que vivía conmigo tenia una historia parecida a la mia. Y se había metido con un tipo, y le había dicho que yo era su hermano y este tipo por una razón se entera que no era así, y nos entran a perseguir mal. Eran pesados , no era joda. Mi vieja me pregunta qué es lo que pasa y después de eso salimos una noche con lo puesto y algo mas. Nos fuimos a vivir a lo de mi abuela paterna, que yo la conozco recién con 13 o 14 años. Ella vivía en Pompeya (Grito de Asencio y Cachi) “

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Esquina vieja de Nueva Pompeya

La música y el baile eran la mejor compañía en esta vida signada por la humildad y los contratiempos. “Yo iba a bailar por el centro y Flores. Me fui haciendo de esa gente, de ese grupo de pibes. En Flores habia un saloncito los domingos a la tarde al que iba seguido. Las chicas no podian ir a bailar a esa edad . De un grupo de cuatro, dos iban al cine y dos a bailar. Las dos que iban al cine le contaban la película a las otras dos”.  José danzaba desde los siete años jazz y boogie woogie, ritmo que bailó en el club Mitre situado frente a la Plaza Vélez Sarsfield de Floresta.  Esta experiencia le dio el entrenamiento necesario para recibir al rock and roll, el cual fue una perfecta válvula de escape para su rebeldía y su bronca: “Había dos lugares cuando comienza a funcionar el rocanrol con Halley y todos estos tipos: dos clubes hacían prácticas de baile de rock . Uno quedaba en Brasil a una cuadra y media de Bernardo De Irigoyen, en la zona baja. Estaba hacia el lado del rio. Después había otro mas en San José a dos cuadras de Caseros, al que fui cuando cerró el primero. A esos lugares iba a bailar y practicar; me tomaba el tranvia que me llevaba a Constitución y después volvía a casa con el mismo tranvía.”

El testimonio de José prueba cómo los clubes de barrio fueron algunos de los primeros lugares donde se vivió el rock en Argentina, permitiéndole llegar a los barrios más obreros de la Ciudad de Buenos Aires. Y obviamente, la euforia hacía estragos en el mismo hogar: “ Yo le rompí la puerta a mi abuela, se la saqué de los goznes, practicando escuchando un programa de radio. La tuve que volver a poner. “

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Aviso de un club de barrio donde se bailaba rock and roll. La Razón, 1957

Se iban formando distintos grupos de bandas formadas por bailarines, algunas de las cuales eran pesadas: “ Ahi en el grupo de pibes que íbamos a la practica había una banda de hijos de puta comandada por un negro, no sé de qué origen era. “ Pero lo mejor estaba por llegar: ese chico de Pompeya que bailaba en Constitución fue seleccionado para bailar en el campeonato de rock and roll del Luna Park. “ Salta una selección donde quedo yo con una compañera, una pibita muy flaquita con la que no salíamos. Solo éramos amigos. También se presentó la banda del Negro, que luego se constituyó como empresa y se llamaron Los Frenéticos del Rock. Éramos contendientes pero no pasaba nada. “ Universo Epígrafe posee numerosos recortes periodísticos que mencionan en publicidades a este grupo, por lo que Paniagua ha develado otro enigma de los orígenes del rock argentino.

Era febrero de 1957 y la fiebre por el rock and roll se extendía entre la juventud porteña, diez años antes de que Los Gatos grabasen La Balsa. Pequenino era el rey indiscutido del género,y por eso amenizó el campeonato de rock junto a su orquesta. José recuerda: “Yo bailaba muy bien, hacía muchas piruetas. Mi compañera también bailaba muy bien y era un palito, la revoleabas con total facilidad. A lo largo del escenario había un montón de bailarines todos juntos, siguiendo un formato de concursos muy viejo. La tribuna iba sacando y dejando gente; quien recibía más aplausos quedaba ya que no había jurado. Yo quedé entre los cinco primeros.”

Los videos qué conservamos prueban cuán bien bailaban los participantes; pero José confirma con su recuerdo el carácter multitudinario del evento: “No sé cómo explicarte, pero el Luna Park estaba repleto de gente por todos lados, era como un Boca River. Increible. No se donde salía la gente. Y estoy casi seguro que fue el primer evento internacional que se hizo en el mundo. “ José no exagera: La Razón informaba el 1 de febrero de 1957 que los campeones de baile de Italia y Japón se hallaban presentes en el evento, y agregaba que los argentinos ganadores iban a competir con ellos.

José recuerda que el campeonato duraba entre 20/20:30 y las 23. Entre sus destrezas más características recuerda:” Hicimos una pirueta que no hizo nadie: mi compañera se ponía patas para arriba y yo la revoleaba. Pero en un momento quedamos frente a frente y yo trastabillé. Por suerte, la agarré de la cintura justo y salió perfecto. Todos nos aplaudían.  Lo más importante de bailar el rock and roll era mantener el ritmo con las manos”.

Sobre la ropa de las bailarinas, precisó que usaban falda corta y bombachudo. Universo Epígrafe ha comprobado algo no señalado en ningún libro de historia o artículo periodístico: el rock argentino de los 50 era terriblemente popular entre las mujeres, algo de lo cual deberían tomar nota quienes han convertido al género en un ghetto machista durante los años 70. Paniagua nos revela una sencilla razón que provocó que las adolescentes se interesaran por el baile del rock: “En las prácticas de tango no se dejaba entrar a las mujeres y sólo bailaban los hombres entre sí”. Este aspecto peculiar de las prácticas de tango en algunos clubes barriales muestra que el rock también significó una importante liberación corporal para las mujeres- “Las mujeres que bailaban rock eran de diferentes clases sociales, desde las más humildes a las más privilegiadas”

Paniagua es totalmente consciente de la revolución corporal que planteaba el rock and roll: “El campeonato fue una cosa muy emocionante, hoy me doy completamente cuenta. Bailar el rock era una rebeldía completa , para mi fue una forma de escape. Era una época rígida y conservadora: mi vieja me cagaba a palos de chico, y en esa época si mi abuela no se sentaba y empezaba a comer nadie comía en la mesa”

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Programa del concurso aportado por Alejandro Molinier

Respecto de los grupos que tocaron, relata: “Los músicos era gente de acá: Schifrin y Pequenino. Con Pequenino nos veiamos en los camarines. ¡ Su orquesta era fantástica! Creo que tocaban algunos grupos más pero no me acuerdo. Me parece que Schifrin tocaba algo de jazz; Pequenino solo rock and roll, las piezas clásicas de Halley. Cuando me enteré que Schifrin compuso en Estados Unidos la cortina de Misión Imposible… ¡¡¡Yo sentia un orgullo ! “  Sobre los ganadores del certamen rememora: “Ganó el Garza , que tenia un paso que lo repetia permanentemente y por una razón quedó.. Tiraba las patas hacia atrás. Era un revoleo de patas, cambiaba algún paso y alguna pirueta hacia, pero sin movimiento de cuerpo. No me acuerdo que pasó con el Negro de Los Frenéticos. Posiblemente haya sido segundo porque bailaba muy bien. Yo en ese momento me hacía llamar Leslie Velásquez pero no porque fuera usual utilizar pseudónimo; sino porque me da mucha vergüenza mi nombre “ (risas)

El buen posicionamiento en el concurso le permitió a José ir a bailar con un teatro de revista a Tucumán, donde llegó a actuar en un club de campo: ” Al año siguiente me convocaron para una movida en Tucumán, en el teatro Alberdi, para una revista trucha de Berazategi. La revista duró poco. Los bailarines haciamos los entreactos. La obra tenía muchas chicas con poca ropa y bastantes cómicos”. La situación económica seguía siendo dura, pese a esta fama repentina: “ Nos quedamos en Tucumán y tomamos una pensión, como si estuviéramos ocupando una casa. No pagábamos nada, porque no teníamos una moneda. Era el infierno, comíamos galletas de grasa con manteca y leche con crema. Una de esas noches alguien me contacta y me dice si quiero ir a bailar a un club de las afueras de Tucumán. Era una plata que me servia. El club tenía piso de tierra y un motor de tractor haciendo funcionar la luz. Un club muy de campo. Bailamos rocanrol ahi”

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Programa del certamen provisto por Alejandro Molinier

Otro lujo que se dio José María fue bailar en el escenario con los mismísimos Platters cuando arribaron a una Argentina que estaba enloquecida con su doo wop. “ Tocaron en el Palais de Glace, que era teatro y antes cabaret. Fui con una compañera y me llamaron con otros chicos para bailar en el escenario”

Paniagua se recuerda como el único rocanrolero de Pompeya :”Fui el primer tipo en bailar rock and roll en Pompeya Bailé en La Blanqueada, un bar de tangueros de aquellos ubicado en un barrio bien de tango. Bailaba rodeado de bailarines de faca al cinto que solo bailaban tango. era muy arriesgado. No tenia conciencia de lo que hacia, y me animaba porque me gustaba hacerlo y me sentia reconocido en esa época por mis destrezas”. Sin embargo, no tuvo problemas con los tangueros del barrio: “ Había códigos barriales y me dejaban bailar tranquilo. A lo sumo me gritaban los camioneros que pasaban “puto” por la manera que vestía. Vestía raro en serio: usaba camisetas mangas largas rayadas. Otros me decían que no era “de hombre” bailar rock and roll”  Los únicos roces eran las discusiones con los abuelos en los clubes de barrio: “En el club Cachi, ubicado a media cuadra de casa, me encargaba con otros chicos del sistema de audio . Poníamos discos de jazz y los viejos nos agarraban a zapatazos porque querían tango. Pero después no pasaba nada, ya que en el club también había prácticas de tango y además la gente nos terminaba agradeciendo por la música que pasábamos”.

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La Blanqueada, bar de Pompeya donde bailó rock José

La pasión por el rock and roll de José se dio en un contexto económico totalmente inhóspito, que le impedía comprar discos. Paniagua solo escuchaba rock en las radios y en el cine, algo totalmente inimaginable para una generación formada en internet: “No sé ni qué valor tenían los discos, ya que ni siquiera tenía tocadiscos en casa. Tampoco teníamos cámara fotográfica, por lo que no tengo fotos de época. Escuchaba la radio, donde tiraban las típicas programaciones yanquis y por supuesto la música era el rock and roll”

Este recuerdo prueba cómo el medio masivo que en la época era hegemónico difundía el rock y éste no era para nada un género under. A su vez, José también confirma que los chicos bailaban dentro de los cines. “Cuando se estrenó la película Al Compás del Reloj (Rock Around The Clock), bailábamos en los cines de la calle Florida. Nos poníamos a bailar en medio de la calle y en los pasillos del cine”. También recuerda las bandas que se formaban: “Había bandas de pendejos en la Ciudad de Buenos Aires que vestían campera negra, cosa que nadie dice. No sé de dónde carajo sacaban boinas negras de cuero. A mí también me gustaba empilcharme bien, usaba corbastas, camisas blancas….. Hasta el día tengo muchísima ropa en mi armario”

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Programa de un film de Bill Halley , provisto por Alejandro Molinier.

José alternaba el trabajo y el rock and roll con el estudio. Logró terminar el secundario y decidió estudiar filosofía en la UBA, donde empezó a meterse en el ambiente intelectual y bohemio: “Yo empiezo a ir a la Facultad de Filosofia y ahi empiezo a moverme en otro estamento, dentro de un ambiente profundamente diferente al que era el mio. Conocí a todos los escritores y pintores que ahora están colgados en las paredes de las librerias; estaban todos ahi. Yo era muy amigo del padre de Federico Andahazi. Vi entrar por primera vez a Federico Klemm en el bar Coto (Viamonte entre Maipu y Florida a mitad de cuadra). Ahi se reunia la mayot cantidad de estudiantes, pero había otros bares. En la esquina de Viamonte estaba el Florida, que era muy bacán. Después estaba el Floridita, donde tambien paraba gente de filosofia… Íbamos a comer a dos boliches que estaban en la Cortada de Tres Sargentos, uno se llamaba El Farolito. Ahí lo conocí a Hernán Oliva, quien fue violinista de Oscar Alemán. Pasaba, tocaba y después se sentaba a comer guiso con lentejas (comida herencia de la segunda guerra mundial) Ese plato del Farolito, bar atendido por un tano, competía con la sopa de cebollas de otro bar francés de la zona”

Pero lo más sorprendente es que Paniagua fue amigo de varios de los que la historia considera como primeros rockeros: Pajarito Zaguri, Moris, Miguel Abuelo, Javier Martínez y Alejandro Medina. Su testimonio prueba que no hubo ningún quiebre entre el rock previo a La Balsa y el que le siguió: “ Yo empece a ir a Gesell por el 64, fui porque laburaba como fotógrafo de la galería Albert En esa época estaba con quien fue mi primera mujer. En Gesell conozco a Pajarito Zaguri, él laburaba de empleado en un boliche ubicado en medio de 3 y 1 en la playa. Era un boliche que creo que vendía hamburguesas. Era chiquitisimo. Pajarito terminaba de lavar los platos y se sentaba de cara al sol a las tres de la tarde a rasguear la guitarra porque aun no sabia tocar. El no pudo haber participado del campeonato de Luna Park como ha dicho, porque no tenia edad para eso”

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Pajarito Zaguri

“Yo lo conoci mucho a Pajarito. A Moris lo conozco desde la secundaria Cuando hacíamos la rata parabamos en el zoologico lo veía, ya que él estudiaba en un colegio alemán de Palermo. Zaguri y Moris . Moris puso Juan Sebastian Bar en la costa , creo que estaba en 3 y 1. Ahi se empezaba a mover Gesell, estaba La Polilla que era un bar fantastico. Era un galponazo hecho todo con techo de paja . Miguel Abuelo también estaba en Gesell. En esa época tocaba el bongo. Lo tenia abajo del brazo y no se lo sacaba nunca. Se presentó como Miguel Peralta Ramos. Su hermana la conozco mucho, ya que junto al marido fundo uno de las primeras ferias de Buenos Aires. El marido falleció hace muchos años. Miguel iba mucho al primer boliche de artesanía urbana , llamado Cronopios y ubicado en la galería quinta avenida. Era una artesanía hecha a tijera y sin pulidora” También cuenta haber conocido a Javier Martínez y Alejandro Medina por la misma época.

Y por supuesto, José también fue a La Cueva, donde vio tocar a Sandro para disgusto de la historiografía oficial que niega hasta el día de hoy el rol del Gitano en nuestro rock: “La Cueva estaba frente al hospital Alemán , yo fui muchas veces. Al primero que vi tocar fue a Sandro, lo recuerdo todo vestido de negro cantando rock and roll. La cueva era un boliche largo con un mostrador al costado. Delante, donde bajaba la escalera, habían metido un escenario chiquito. “ Otros músicos a los que recuerda con cariño son Los Shakers. “Cantaban sus propias canciones en inglés y eran buenísimos los hijos de puta. Tenían un estilo muy adelantado y aunque se parecían a Los Beatles, ni un solo europeo les tocaba el culo”.

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 Fachada de la vieja Facultad de Filosofía y Letras donde estudió José

Paniagua siguió en su periplo bohemio y recuerda que iba con un pequeño grupo a un boliche situado en la Avenida Corrientes, “donde ahora está el Banco Municipal, creo. Se llamaba El Mostrador o una cosa así. En la otra esquina del café La Paz, estaba La Comedia (ahora hay una pizzería). Después nos fuimos a La Paz. Yo fui siguiendo esa línea”. A fines de los 60 José se casó con una mujer que provenía del mismo ambiente intelectual. “Era muy inteligente, tenía un nivel de inteligencia bruto. Los viejos eran un matrimonio de torturadores con mucha plata; ella era hija única. El padre era dueño de varios laboratorio y jefe del Hospital Italiano y el Centro Gallego . Fue uno de los primeros químicos del país , tenía firma en dos farmacias y fue el creador de los Laboratorios Otamendi”. Pese a su riqueza, “era muy avaro. Llevaba dos medialunas, las partía a la mitad, le daba la mitad para cada empleado y un café chiquito a cada uno.”

Paniagua recuerda la opresión familiar que sufrió su esposa y su trágica muerte . “Ella vestía en los mejores boliches, en la Galería del Este. Pero la vieja le elegía la ropa, si no no se la ponía. Ella terminó suicidándose a principios de los 70” . Tratando de reincorporarse por esta pérdida, partió al norte para dirigir una fábrica de cuero por pedido del sobrino del ex gobernador Ricardo Joaquín Durand. “Mi medio de subsistencia en esa época era la artesanía, tanto en plata y cuero como en madera. Fui de completamente atrevido, porque no poseía experiencia dirigiendo líneas de producción. Pero pusieron toda la plata y compraron en Boedo un montón de paquetes de cuero y tres máquinas de coser Mitsubishi, que eran como la Ferrari para coser. Yo había aprendido a coser de chico con la máquina Singer de mi abuela”

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José en el Café La Paz. Año 1970.

José pasó de ser el rockero que hacía sus chupines al director de una fábrica ubicada en un galpón de Salta.  Llevó un pantalón Levi ´s pata elefante para desarmarlo y usarlo como modelo de un diseño de pantalón de cuero. No usó paño entero y prefirió hacerle un corte en la rodilla. Al principio vendió bien, pero la demanda cayó rápidamente. Un amigo del sobrino de Durand “que se parecía al Che Guevara y se afeitaba a propósito como él” le trajo telares viejos de su abuela, con los cuales realizó distintivos para carteras y sellos. “Me gustaban mucho las carteras Roller y fueron una inspiración , pero quería hacer algo original y usamos ese distintivo. Vendieron bien, pero después de unos meses se cayó de nuevo”

El emprendimiento no cosechaba dinero y Paniagua estaba descontento. Buscando ideas originales, encontró algo que significó un viraje total en su carrera de artesano. En ese tiempo cayó a sus manos el libro Arte, estructura y arqueología: Análisis de figuras duales y anatrópicas del noroeste argentino del reconocido antropólogo Alberto Rex González. “ ¡ Me flasheó como un porro de este tamaño! (risas) Me di cuenta que nos habían afanado la mitad de nuestra identidad histórica, todo eso en la escuela no lo enseñaron.  ¡El libro tenía toda la parte histórica argentina ocultada por 200 años! Y me enteré que Ricardo Rojas había intentado insertar el arte precolombino como marca distintiva de la industria nacional, algo que en otros países latinoamericanos pasó pero acá no tuvo éxito”

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Las Hermanas Ortiz, dueñas de una tienda salteña, le contactaron con la Finca El Molino que cosechaba orégano y símiles. El dueño de la finca quería producir tapizados, teniendo en cuenta que en Salta había un solo productor que los vendía carísimos. “Usaba los motivos típicos, de una mujer coya y su casita”. Paniagua decidió usar el arte precolombino y pidió lavar lanas y teñirlas parejo de colores concretos que facilitaran el trabajo a las tejedoras. “En Salta el machismo era terrible y las tejedoras me miraban raro porque yo las trataba siempre bien”

Los tapizados que usaban motivos precolombinos totalmente olvidados dieron un embate terrible y se vendieron tanto en Salta como en el resto del país. “Los llegué a ver en Capital, en Casa López. En Salta los vendía la tienda que estaba situada enfrente del Hotel Salta.  Medían un metro ochenta por dos metros 50. Fueron un éxito rotundo” . José tuvo el orgullo de ser el primero en usar motivos precolombinos en artesanías producidas a nivel masivo. Esto le otorga un importantísimo rol en la historia de la artesanía argentina. “En Salta nadie le daba importancia a los pueblos originarios. Arrasaron muchísimos restos arqueológicos y los dueños de los campos llegaron a pasar arriba de los cementerios de estos pueblos”

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Colgantes de plata y piedras semipreciosas hechos por José

Luego fue a trabajar en los montes salteños en la zona de Los Toldos, para el Instituto de Minería. El trabajo casi le cuesta la vida en un contexto argentino en el que la represión sangrienta de la última dictadura daba sus preavisos. “A mí me mandaban con un rifle Mauser por las dudas, aunque no pasaba nada. Tenía una foto con él trabajando en el monte, que guardaba en el ropero del hotel donde vivía. Un día entré y no estaban ningunas de las fotos. Y fui al bar que iba siempre, y el mozo que me atendía me avisó que me estaban buscando . No entendía por qué, pero me dio un fangote de guita y me dijo que caminara por Caseros hasta Güemes y después siguiera seis cuadras. Iba a ver un camión y tenía que meterme atrás”

José le hizo caso y viajó dentro del camión con otras dos personas. El vehículos simulaba llevar ganado. Se internó por el chaco salteño y terminó dejando a Paniagua en la casa de su madre, quien se había casado y vivía por Beccar. “Me di cuenta que la policía había creído que yo era un guerrillero. El mozo me salvó la vida”

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Otro trabajo de José

En los 80 fue uno de los fundadores del Sistema de Ferias de Buenos Aires, donde se encargó de colocar estatutos rígido que prohibiesen la venta de artículos que podían traer problemas: comida, jabones, sahumerios. “Esa fue la única vez que me entrevistaron, me preguntaron por el Sistema de Ferias”. En los 90 pasó tiempos difíciles pero no se amilanó y llegó a montar un local en Floresta. En dicho barrio vive hasta el día de hoy con su pareja actual, y sigue trabajando de artesano mientras goza de su jubilación. Su mujer también es artesana y se especializa en pintura. Por otro lado, es el padre feliz de tres hijos.

Hasta el día de hoy el otrora bailarín sigue escuchando mucha música. “Escucho de todo. Me gusta la música clásica: los rusos, Beethoven, Paganini. También me gustan el tango, la cumbia y escucho muchísimo jazz; me agradan los boleros y por supuesto, escucho mucho rock. Mi único límite con la música es que tiene que estar bien hecha. Si está bien hecha, me gusta y no hay más vueltas”

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José más de joven, junto a su actual pareja

Cabría preguntarse si él es plenamente consciente de que la historiografía oficial oculta los doce primeros años de rock nacional. Y la respuesta es obvia: los ocultamientos perpetrados por estos escribas de la falsedad aún le duelen muchísimo: “ Esta es la primera vez en mi vida que me entrevistan por el campeonato de rock and roll, nunca más se habló de eso. Pareciera que al Luna Park le diera vergüenza. Lo que pasa es que no respalda a la historia oficial. Por ejemplo yo a Pipo Lernoud lo conozco aunque hace muchos años que no lo veo. Tiene habilidad para escribir, lo que no quiere decir que lo que escriba esté bien o sus fechas sean justas, ya que él y el resto de los que escribieron no son investigadores. Se agarran y se cuelgan de lo que dicen porque nunca hubo alguien que los rebata; pero yo los rebato. No hay registro del rock argentino de los 50, nadie se tomó el laburo de estudiarlo sociológicamente. Los militares, el 55… todo eso fue contexto del rock and roll y nadie lo tiene en cuenta”

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Ya cae la noche. José se ofrece a acompañarnos a la parada del vetusto 114, que vino rápidamente pese a sus precarias formaciones. Pasaron más de tres horas en las que hablamos de todo con suma alegría y confianza, revelándonos muchos más detalles de su increíble vida que ameritarían un libro entero: “En resumen de toda esta historia de 78 años, puedo decir que estoy muy contento.  Ustedes llegaron a tiempo, porque aunque tengo muy buena salud sé que estoy en tiempo de descuento”. 

Estas palabras siguieron sonando en nuestros oídos en el viaje de regreso. Miramos los negocios de Sanabria desde la ventanillas del bondi deseando que ojalá la historia oficial también llegue a tiempo para rescatar a estos verdaderos constructores del rock argentino,  que se alzaron desde su humildad y rebeldía contra una época opresora y sentaron las bases para que futuros grupos y movimientos se desarrollasen.  Quien quiera oír que oiga, diría Cristo y cantaría Nebbia.

 

Fuentes de las imágenes:

Archivo de José María Paniagua

El coleccionista Alejandro Molinier.

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