*Este cuento fue presetado en el marco del Concurso derechos humanos y memoria: Premio Mauricio Weinstein, recibiendo en el 2011 el segundo puesto en la categoría literaria.

“Mauricio era alumno de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini  y fue desaparecido por la dictadura genocida. En el año 2000 la familia de Mauricio se acercó a la Escuela con la propuesta de llamar a los alumnos a pensar en los Derechos Humanos y la Memoria y a poder expresarse a través de un medio artístico.El Premio es otorgado por la familia Weinstein y la Fundación Memoria Histórica y Social Argentina, y organizado por el Departamento de Extensión y Bienestar Estudiantil.”

*Un fuerte agradecimiento a Elena Boledi que en todo momento me apoyó y contuvo en su rol de tutora para que me anime a presentar el relato, así como también por haber recibido incontables relatos, poesías, audios de libros en mi casilla de mail durante el proceso creativo.
*Otro encarecido abrazo está dedicado a la familia de Mauricio Weinstein, con quienes pude cruzar algunas palabras en la entrega de premios.
Escribe: Laila Pecheny bajo el seudónimo Alexey.

El lugar se fue llenando poco a poco de ella, impregnando en todas las habitaciones su aroma a pétalos de jazmines (secos), a tierra (infértil), a río (contaminado) y a todo aquello (que supo ser) bello. Estaba ahí, carcajeándose, en sus caras mientras danzaba insoportable impidiendo divisar otra cosa que no fuese ella. Cada uno se había dedicado a realizar distintas tareas, como colgar la ropa, lavar los platos o barrer, mientras la luna llena se iba asomando por la ventana anunciando el anochecer, y sin notarlo se fueron sumiendo en el silencio. Permanecieron así un tiempo, hundiéndose cada vez más en él como si cayesen en un pozo sin fondo donde una densidad incómoda hiciese imposible la caída, anudándolos a sus paredes con ese aire místico que parecía traer ese silencio. Fue en ese momento que la volvieron a sentir; la suave caricia de la seda en las manos, el contraste de la tierra introducida en las uñas de los pies… y aquel ladrido áspero a lo lejos. Los múltiples brazos de ese espectro de pulpo de olor nauseabundo y mortuorio que habían sentido antes se fueron alargando cada vez más, acercándose lentamente, amenazándolos con rozarles las narices. Sólo bastó que el menor de ellos preguntase si había agua en la pava para romper ese silencio incómodo y aterrorizador que les hacía revolver el estómago, y pensar. Esclavos de la condición humana, naufragando por los afluentes que llevan siempre al mismo río, otra vez volvían a esa misma idea, a esa maldita idea que les taladraba el cerebro. Los otros dos negaron con la cabeza, y el que había preguntado llenó la pava y buscó los fósforos. Luces, destellos, chispas y aquella bala evasiva. Prendió la hornalla y puso a hervir el agua, luego se dedicó a buscar los saquitos de té en algún estante. Mientras tanto, el que pasaba la escoba se quejaba con el otro por la tierra acumulada. Ya la había pasado cuatro veces por la sala de estar y la tierra siempre volvía, cada vez más densa. Se tomó unos minutos de descanso y se asomó a la ventana para contemplar la redonda, pálida y perfecta luna que era lo único que alumbraba la oscura noche y bañaba la inmensidad del rio en tonos plateados. Pensó en la rapidez del tiempo; parecía ayer la última vez que la había visto así, pero los veintiocho días de espera ya habían transcurrido. Se alejó de la ventana en un intento de despejarse de ese último pensamiento y regresó a su tarea, pero esta vez algo había cambiado; la tierra estaba mojada. Se acusaron unos a los otros de haber dejado alguna canilla abierta. Corrieron hacia la cocina entre resbaladas y caídas con los pies descalzos repletos de tierra pegada, pero el grifo de la pileta estaba cerrado. Cada vez había más agua y ya les llegaba a las rodillas. Sus corazones palpitaban fuertemente, tanto, que cada uno sentía que los otros podían oírlos. Una fuerte brisa entró por la ventana, a la vez que un escalofrío les trepaba por la espalda hasta la nuca. El viento no les dejaba abrir los ojos y tenían que arrastrarse con todas sus fuerzas para poder caminar a través del agua. De pronto uno se tropezó con algo que estaba en el fondo, parecía suave y apetecible al tacto, como una caricia. Estiró la mano para agarrarlo y sacó un vestido de seda empapado. Gritaron sin poder contenerse, llenos de pánico. Los árboles se movían por la lluvia y el viento al ritmo del ladrido del manto negro, desesperado por verse separado de su dueña. A orillas del río se encontraba la muchacha; una salpicadura de  en un cuadro donde salvajemente la naturaleza se apoderaba de la escena pintada con trazos de cuidadosas pinceladas de azul marino, petróleo, pardo y negro. La chica estaba asustada, sabía que no tenía escapatoria ya que los hombres armados la rodeaban. Su cabello se agitaba rebelde y su vestido de seda dibujaba firuletes en el aire. El más joven de ellos se acercó lentamente y la tomó de un brazo dejando caer los libros que

ella sostenía. Éstos levantaron vuelo magistralmente batiendo esperanzadas sus páginas impulsadas por el viento. Los fragmentos se desparramaron en la tierra, sembrándola, con ayuda de la lluvia, de historias, sueños y verdades que querían ser ahogadas por los dueños del silencio. El brazo le ardía por debajo de los fuertes dedos que lo oprimían. Comenzó a temblar y las lágrimas empezaron a florecer de sus ojos tristes como capullos que impacientes despertaban de su largo ensueño. Quizás, si pensaba en otra cosa, todo pasaría más rápido. Dejó volar su mente aislándola de su cuerpo, y ya no estaba ahí con esos tres hombres que sin pudor arremetían contra ella. Pensó en sus alumnos, en el polémico debate que se había generado ese mismo día en la clase, en cómo cada uno, a pesar del miedo que reinaba en la escuela y en la ciudad, se había animado a expresarse sosteniendo sus ideales. Una sonrisa se le dibujó entre la catarata de lágrimas. El agua rebalsaba por doquier. Lágrimas, lluvia y el río revuelto por el viento. Se cayó al suelo de rodillas descolocándose el brazo aún sostenido por el muchacho. Sintió el revólver en la frente y pudo ver cómo apretaba el gatillo. El joven inexperto la sacudió por los nervios y la bala erró. Forcejeó en un intento desesperado por librarse pero sólo logró lastimarse más. Uno de ellos arrancó un trozo de tela del vestido y se lo amarró al cuello. El río estaba perfecto y sus afluentes la llevarían lejos, tan lejos donde nunca nadie sospecharía lo ocurrido, donde ni siquiera alguna vez se los habría nombrado borrando así cualquier rastro, cualquier huella, pero no pensaron que la memoria no olvida ni borra, ni tuvieron en cuenta que la luna llena sería el testigo permanente de aquella atrocidad, y siempre la reflejaría en su rostro cristalino como el más fiel de los espejos.

La pava estaba silbando, aguda y fuertemente, calándoles los tímpanos mientras libraba vapor, pero eso ya no les importaba. Fue ahí, en el medio de ese caos donde el agua, los gritos, la tierra, el viento y los ladridos plagaban el ambiente, que lamentaron su regreso, aunque fuese seguro que volvería. Sí, estaba ahí, esperando algún descuido, entre los barrotes con la jaula abierta, porque encerrarla nunca había sido posible.

* La imagen destacada pertenece al artista AlbinoSnowBear

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