Escribe:  Francisco Lucero

Existe una leyenda que sugiere que al principio, Dios hizo solitario al varón. En este relato, la presencia de una serpiente en los jardines floreados del Edén parece ser insignificante; en todo caso, si ella se hubiese decidido a formular las embaucadoras palabras que incitan al pecado, estas habrían llegado a los oídos de Adán tan solo como una brisa caliente que se levanta y, al cerrarse la noche, se esfuma en el aire. Por lo demás, el orden se hubiese mantenido inexpugnable; mantenido el aroma celestial que emana del dulce fruto ignorado, mantenido el hambre impostergable que retuerce las entrañas del hombre, y claro, mantenido el rigor amenazante de la ley divina.

Un destino torcido, una orilla desviada, es lo que atarea como novedad un mito semejante. Porque el retraído Adán, olvidado de una imagen a su semejanza en la cual reconocerse, jamás se hubiese atrevido a franquear las ataduras divinas, de modo que, socavado por el hambre, se vería lentamente marchitado hasta que la víbora fantasmal y su figura sean, en apariencia, lo mismo. El relato tiene algunas imprecisiones, pero la idea general se dilucida así: Adán y la serpiente se arrastran hasta los confines de la Tierra multiplicando los pueblos.

Distinta es la tradición, que nos enseña que Dios ama al hombre, y tomando una de sus costillas hizo pulir un espejo llamado Eva. Por ella, Adán triunfó al ignorar la imagen fantasmal e inacabada de su desnudez; por el contrario, e inducido por un reflejo que lo mostraba hermoso y vigoroso, se dejó entregar, cuando la serpiente hubo desplegado sus ardides, a la mujer y al pecado original de la concupiscencia.

El resto es conocido: Adán y Eva son desterrados de las puertas del Edén, y multiplican los pueblos hasta los confines de la Tierra. Solo queda por explicar, y en esto la leyenda oficial guarda un desdeñoso silencio, el susurro fantasmal de la serpiente, que todavía resuena bajo los pasos del hombre.

Anuncios