El trabajo consiste en todo lo que el cuerpo está obligado a hacer. El juego consiste en todo lo que el cuerpo no está obligado a realizar.

Mark Twain

Escribe: Víctor Tapia

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Primavera del 81.  En algún festival de Ezeiza cuyo nombre no me quiero acordar vuelan los tomates y manzanas hacia un estrado. Un hombre muy flaco con remera coloreada a rayas baila esquivando con su pelo corto a las frutas.  Los potentes ritmos bailables de la sincronizada banda enojan a la uniforme masa de pelo largo, que prefiere mirar el recital sentada. Un hombre baila solo, totalmente afiebrado por la voz de Federico y la guitarra de Julio Moura.

Los tomatazos que antes lanzaba la Expreso ImaginarioTravolta se han vuelto reales. Diagnóstico: Virus es comercial, ataquémoslo.

 

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Verano del 57. Los chicos toman las salas de cine al grito de “Nine, ten, eleven o’clock, twelve o’clock rock We’re gonna rock around the clock tonight” . Bailan peleándose con los acomodadores, sin que les importen mucho las butacas o la oscuridad. La policía los desaloja, antes de volverlos a perseguir en la rotonda del Obelisco donde tocadiscos portátiles hacen pervivir la fiesta. La fiebre rocanrolera se expande por el país, generando la ira de los adultos y la condena de los viejos tangueros. El 25 de febrero los milicos emiten un decreto en contra de los chicos que se identifican con el naciente baile.

La primera vez que sentí mi cuerpo fue cuando vi a  Bill Halley”, dijo Paul McCartney. Diagnóstico: Pequenino es rockero, censurémoslo.

 

 

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Noviembre de 2017.  Un grupo de disfrazados corta Acuña de Figueroa en la madrugada de un viernes. Una gran cantidad de personas los rodean mientras levantan sus invocaciones con ecos de murga y blues. Dos bombos y platillos forman parte de esta ronda, que eleva al cielo plegarias cargadas de afroporteñidad. Un muchacho vestido de diablo parece cantar algo parecido al “Mona” de Bo Diddley por un megáfono. Dos hombres y una chica agitan utensilios que remiten a la magia. Hacen su entrada triunfal al lugar donde darán su recital,  incitando a los concurrentes a bailar desde el vamos.  Quienes no se animaron a hacerlo todavía, perderán todo estribo en el transcurso del show.

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Los rockeros vuelven a animarse a bailar y sentir el cuerpo, lejos de ese Prima Rock anti Virus y cerca del adolescente verano del 57. Diagnóstico: Gualicho Turbio recupera el cuerpo, felicitémoslo….. y rompamos todo!

gualicho 1

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El under los conoce desde hace mucho. Las paredes de lugares como El Emergente o Plasma han sentido el poderoso sonido creado por sus pocos integrantes. Centenares de jóvenes ya han saltado y pogueado a su son cargado de buen blues. E incluso algunas bandejas de vinilo han reproducido las selectas canciones de su ópera prima.

Ahora tenemos la chance de continuar disfrutando en casa algunos de los mejores temas de Gualicho Turbio, hasta el momento sólo interpretados en vivo. Aunque la experiencia de verlos en vivo sea impactante, no es menor la impresión que generan a través de un parlante hogareño.  No veremos los pantalones de cuero y las inquietas maracas de Juanjo Harervack, pero su inmensa voz sigue apabullando tal como lo hace en todos los escenarios que registran sus perfectas dotes de showman. Tampoco observaremos la emoción de la cara de Hernán Balbuena extrayéndole a su armónica los millones de sonidos fundamentales en el empuje de Gualicho. Pero sí podremos disfrutar con mucha más claridad sus infinitos matices y destrezas, admirando aún más su virtuosismo. No contemplaremos más la efigie de Zelmar haciendo lo imposible al tocar bombo, guitarra y redoblante (incluso kazoo!) al mismo tiempo, pero sus pies y manos siguen siendo la constructora de esa mole aplastante y bailarina que es Gualicho. Y no podremos fotografiar a Bárbara Aguirre con su voz tan potente como virtuosa, cantando con agresiva dulzura mientras realiza las piruetas teatrales que tanto suman a la recuperación corporal propuesta por el grupo. Pero a cambio, podremos tener su voz inmortalizada para siempre en una grabación que hace un fiel honor a su polifacético registro. Escuchemos. Sin dejar de bailar, por supuesto.

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Gualicho Turbio está recuperando el cuerpo dentro del under de un rock que siempre se preció de odiar al baile y relegar a la música a una actitud contemplativa, que tildaba de comercial a cualquier expresión que buscara que la carne se rebele al mismo tiempo que la mente. La propuesta de la banda está demostrando con su calidad que las diferencias entre “progresiva” y “comercial” y el puritanismo cristiano de nuestros rock  ya están pasando a ser meros recuerdos. Es que su baile no es un mero movimiento al son de una música vacía, tal como la que suele oírse por los parlantes de muchos lugares públicos. Su música representa una de las mejores pruebas que aún hay mucho que decir con los viejos lenguajes del blues y el rock en nuestro país. Y este disco titulado Gato Negro es el mejor documento.

Empezamos con Estando Acá, ya un clásico de sus aceleradas presentaciones. El acertado efecto de la voz rompe al final con la frase “Todo eso que pasa hoy estando acá”,  marcándonos que una de vez por todas debemos disfrutar nuestro presente musical y descubrirlo.  El tranquilo pase a Hombre Azul es sólo un engaño antes que empiece una de las composiciones más rápidas del grupo, con su grandioso solo de eléctrica entrelazado a la perfección con la armónica de Balbuena. La voz de Juanjo cabalga sobre ella con su desaforado ímpetu, tirando frases tan actuales como “¡Sólo quiero despertar sin temor a los disparos!”.

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En (Desde que Me Mordió) Serpiente  tenemos uno de las propuestas más originales de la banda, con muchas voces distintas que en hipnosis engualichada nos obligarán a cantar el mantra  “Solo , Solo”.  Y a continuación sigue uno de los platos fuertes más esperados del disco: Sin Mí,  el tema cantado por Bárbara Aguirre con tanta delicadeza y afinación como soltura y polenta. Los vientos del invitado Sergio Merce son el acompañamiento perfecto de la voz de Bárbara, permitiéndose hacer un lindo solito que se suma al preciso instrumental eléctrico de Zelmar.

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Si fuera un vinilo, ya estaríamos dando vuelta el disco. Ácidas Tardes de Atalaya es el nodo central del disco, con un blues de vieja escuela en el cual Juanjo se lleva todos los palmares, consagrándose como un perfecto contador de historias blueseras del oeste bonaerense. Su rasposa voz se mimetiza con la distorsión palpitante de Zelmar,aunque las tardes que veo pasar no se parecen a mí”. Aplauso para la producción del disco que ha otorgado una gran calidad de audio a uno de los momentos más experimentales y catárticos del álbum.

Y siguiendo con la (por ahora) metáfora del lado B, podríamos concluir que el lado A quedará superado con creces. La canción que da título al disco podría ser un hit redondo si las radios estuvieran más atentas a lo que se está cocinando en el under argentino. Pero por ahora Gualicho sigue siendo un prisionero en la ciudad que nos regala estribillos hermosos como el de Gato Negro.

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Siguen La Montaña y Lucifer y la Gitana en la misma línea de emoción insuflada por las armónicas y la guitarra, comandada por la heroica voz de Juanjo que tanto puede rockear como hacernos pegar un estribillo. Memorable el pasaje instrumental que arranca a partir del minuto 1:52 de La Montaña. ¿Eso no lo hubiéramos podido decir en épocas del vinilo, no?  Poco importa: nos hubiéramos quedados boquiabiertos igual.

Y si no brincamos como locos con el tema dedicado a Papá Lucifer, el slide de Buey y la previa invocación de Zelmar al nombre de la banda (de rigurosa presencia en todos los recitales) dan la última invitación. La argentinización de la música tradicional estadounidense parece ser el leit motiv de un tema que sólo se detiene hacia la mitad, para tomar aire de las armónicas y el kazoo. ¡Qué lindo el slide de Buey y sobre todo al final, por favor!

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Y la dialéctica entre lo externo y lo local remata con lirismo en el cierre del álbum, ese Desierto que fue la gran sorpresa del último show de Gualicho y supo sobreponerse con sus instrumentos acústicos a los ruidos del local y las voces de quiénes no saben callar temerosos a que la música robe sus cuerpos.  Gorjeos de pájaros son la sendera de ese punteo de banjo que oficiará de pintoresco relieve a las logradas armonías vocales del grupo. La voz de Aguirre destaca en la que podemos considerar la melodía definitiva de Gualicho, un cierre ideal para algo que aún no debe cerrar.

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Pequenino, Virus, Gualicho. Todos serán distintos, cada uno tendrá sus estilos. Pero la historia y la canción es siempre la misma: la lucha del cuerpo por emanciparse de las barreras colocadas tanto por los anti música como por los autodenominados rockeros. Diagnóstico: ¿Quién nos quita lo bailado? Movámonos.

     Para comprar el disco por descarga digital, pueden ir al sitio de Noseso Records y adquirirlo tanto en WAV como en MP3 sólo por 80 pesos: http://nosesorecords.com/tienda/producto/gualicho-turbio-gato-negro-wavmp3/

 

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